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Estito y el Otrito…

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Suerte la mía de haber conocido y recordar claramente a mis cuatro abuelitos, siendo las abuelitas las que marcaron la pauta y un matriarcado por los dos lados familiares, un matriarcado feliz, digamos que se casaron y juntos vivieron con los abuelitos hasta el final de sus días. Las dos sabias andinas, una de ellas morena, la otra blanca, las dos de temperamentos indomables, fuertes, de mirada fija que te conocían el alma con solo mirarte, de esas abuelitas de los relatos andinos que te rezan y te curan con sus manos mágicas y poderosas, que te curaban del “susto” y del “mal de ojo” leyendo la vida y pesares de la gente que mas querían, descifrando el grado de atención requerida según el caso, usando los métodos mas insólitos para un entendimiento parametrado y contemporáneo, pero de gran efectividad y trascendencia ancestral, así las recuerdo pasándonos el huevo, el periódico calientito, el cuy, sobretodo y principalmente la imposición de manos con oraciones en quechua, repetidas oraciones que solo ellas entendían, y llámenle sujeción o intención, pero cumplían su cometido. Sabias andinas, depositarias de un legado ancestral celosamente cuidado y transmitido solo por el cariño de todo aquel que las necesitaba, de frases y detalles antiguos, propios de una generación que llego a Lima desde las alturas andinas de Apurímac, en viajes que duraban una semana, en camión y haciendo largas escalas, con sus familias recién formadas, pujante generación que llego para quedarse y progresar. Nunca más regresarían a radicar a sus añorados pueblos de Circa y Chacoche respectivamente, les escuche tantos relatos que de niña imaginaba cuan grandiosos serian esos parajes tantas veces descritos con emoción y cariño del bueno, de ese sincero homenaje que todo migrante hace a la tierra que lo vio nacer, ahora te entiendo Papayqui! (abuelito en quechua, pero abuelito con cariño) mi abuelito de 90 años, que fuerte como un roble nos sigue cantando los huaynos de cumpleaños, mi abuelito el mas cariñoso, expresivo, cantor y bailador, gran deportista, un abuelito como ninguno!

Mis abuelitas tomaban tecito, matecito, hierva luisa, “estito y el otrito”, y es que eran así de humildes y sinceras, esas palabras tan sencillas encierran un significado propio y característico de la mujer del Ande, de esa mujer fuerte y decidida poseedoras de un carácter indomable y al mismo tiempo depositarias de una humildad suprema, que siempre te dará más de una opción, siempre democrática pero firme, y es que algo deberás elegir siempre en la vida, o es “estito o el otrito” y punto!… una de ellas me preparaba Tarwi, conocido en Norteamérica con el científico nombre de Lupino, riquísimo cereal de los Incas por excelencia, con un nivel proteico comparado a la soya, de un amarillo intenso que con sus secretos culinarios siempre le quedaba exquisito. Y es que preparar Tarwi, invitar Chicha de Jora y cuy chactado, así expresaban su cariño, abriéndonos las puertas al saborcito andino de los primero sabores, olores y sensaciones los que marcan la pauta en la vida, varias veces intentaron enseñarme a coser, tejer a palitos y a crochet, vano intento que finalmente aprendí por la clásica buena nota de formación laboral en la secundaria…jajaja. Nunca tan cierto que “lo que se hereda no se hurta”, a mi me heredaron su legado andino, el arte de la tradición oral y la mística ancestral, a decir las cosas como son mirando siempre de frente, inclinando la cabeza solo ante Dios, con el orgullo y la fuerza andina que corre en las venas de todas sus generaciones.

Ellas eran alegres y tristes a la vez, bailaron incluso cuando ya no podía hacerlo, mis abuelitas festejaron cada uno de sus cumpleaños, incluso sin querer festejo, sin esperar nada, todo lo dieron por su familia, y su familia nunca dejo de engreírlas. Mis abuelitas fueron los pilares que sentaron las bases de sus hijos en Lima, los abuelitos trabajaban durísimo todo el día, y ellas con más de cinco hijos cada una, cocinaban con leña al principio, lavaban a mano, siempre con la casa brillando, cocían y tejían de todo, una de ellas era diestra en la costura, aun se conserva en la familia, su fiel compañera, su hermosa y antigua máquina de coser, que se guardaba haciendo un giro de 360 ° y desaparecía, era tan mágica que la miraba de lejos, la recuerdo sentada en aquella maquina con pedal y rueda, dándole y dándole para terminar sus cometidos, y siempre bien cuidadita y arreglada, seguramente compañera de muchísimas tardes y noches de continuo trabajo, en aquellas tardes sin las amenidades de hoy en día. Una de ellas era sumamente diestra para el tejido a crochet, y las dos a su modo, fueron micro empresaria y asistenta social respectivamente y por excelencia, ellas no necesitaron un titulo para ejercer dichas profesiones, una de ellas fue siempre la asistenta social de su comunidad, era la más joven de las dos, y era sin temor a equivocarme, la referencia, el punto de llegada de familiares que emigraban a la gran Lima, era la abuelita que arreglara las querellas familiares, requerida en reuniones vecinales, ¡su palabra era ley!. Mi abuelita microempresaria familiar, vendía sus tejidos a crochet, ella tejía y tejía, día y noche, siempre la recuerdo tejiendo, con un porta hilos de madera redondo al costado, con sus hilos blancos y azules turquesa, con una habilidad impresionante para el tejido a crochet, tejía tapetes, adornos, mantitas, “estito y el otrito”, y tenía así una buena clientela familiar.

Recuerdo nítidamente el pequeño jardín de hortalizas de una de ellas, con sus flores de campana en la puerta, en ambas casas se construyeron hornos de barro donde horneaban el pancito serrano tan rico que provocaban siempre con el cafecito a punto, o el chocolate traído del Cuzco calientito, con canela, y clavo de olor, evocando sus lejanos y siempre recordados pueblos en las alturas andinas de Abancay. Ellas fueron el alma de las familias, fueron el ente ejecutor que movió montañas, movilizaron fuerzas del alma y el corazón, fueron el hilo conductor de un recorrido de memorias, paisajes, durezas y bondades, mis abuelitas vivirán siempre en el recuerdo más sublime donde la memoria se confunde con el sentimiento de nieta, y las recuerda con profundo cariño y admiración.

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