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La princesa de verano

Cada una de las tempestades Árticas que me ha tocado vivir en Canadá han sido sinónimos de meditación, de añoranza, de retrospección y su dosis de melancolía. Si bien es cierto que afuera esta helado, y todo parece indicar que tenemos para un largo tiempo, dentro de las casas se vive el tiempo de invierno caliente, con la calefacción al máximo, con las chimeneas prendidas, con muchísimo café y dulces, o salados, sopas para todos los gustos y comidas contundentes, desayunos de “granjero” como diría Bruce, que te den animo de enfrentarte al frio, loncheras que te alegren la media mañana, cenas con las cuales dejarás atrás toda la nieve que seguro limpiaste, y tus mejillas, y tus labios, tus manos y hasta la punta de la nariz volverán a tener color y sensación. Sin embargo pienso que hay que haber nacido acá, que tu primer aliento de vida haya tenido que ser gélido, y tus recuerdos de niñez los toboganes de nieve, con tus caídas en el hielo y raspadillas de nieve sin saborizante, que te hayas sumergido en la piscina de nieve de tu patio, o del patio de tu colegio, y allí sin más remedio que alegrarte por la caída de los copos blancos cada invierno.

Para mi es y será el momento preciso cuando llega a el termómetro a 40 bajo cero que sin premeditarlo me ubico en el calor intenso de un domingo de verano en alguna playa de Lima, y así empiezo mi recorrido mental desde el antiguo Puerto Viejo, Santa María, Embajadores, Bujama, llego a Miami y termino en Varadero, Cuba. Desde el Pacifico al mar Caribe cada una con su estilo, su gracia, su bravura, textura, color y hermosura. Debo tener tan vivo esos recuerdos que invaden incluso los calientes y potentes rayos solares a los que estamos acostumbrados los que nacimos cerquita a la línea ecuatorial, más cerca que nosotros al paraíso, no creo, más cerca imposible. Los recuerdos de una tarde de verano de Domingo en el mes de Febrero que celebramos los carnavales en la casa de mi abuelito en el Callao… eso si que eran carnavales de aquellos, bravísimos y divertidísimos de los cuales tengo gratos recuerdos, si bien no era parte de todo ese jolgorio, pues siempre me cuidaron con mucho cariño, veía pasar y repasar amigas empapadas en agua, en lodo, en barro, en todo. Y amigos que no les perdían de vista ni un minuto, el líder de aquellos juegos de carnaval era siempre mi tío Jesús Tuñon, un niño grande que gozaba haciéndonos el carnaval, aplaudía el mismo sus travesuras, y es que a pesar de su gran estatura, porte militar, tez muy blanca y cabello castaño oscuro, rasgos heredados del abuelo Tuñon, cuyo linaje llego desde Asturias, España hasta la sierra de Abancay, pero eso es otra historia, siguiendo con el tío Jesús, el poseía una extrema fuerza y coraje que se confundían con las ocurrencias más disparatadas de un niño que sospecho añoraba sus juegos de infancia.

Así pues, se vienen a la mente los helados frio rico o chocolates Sublimes, los D’Onofrio, las raspadillas, la Coca Cola heladita de Domingo, y derrepente los chupetes de fruta de mi abuelita. Y es que si bien no abundaban los lujos, siempre tuvimos mucho cariño y familia alrededor que nos hicieron la vida bonita, recuerdo los Domingos en el club con mi padre, nadando, jugando, viéndole jugar futbol y frontón con mi padrino, paseando y riendo, llegaba la hora del almuerzo y en el comedor bonito con la salsa a todo volumen, mi padre siempre tenía a toda la familia alrededor, allí estaba mi madre siempre con mis tías Isi y Carmen, pero a mí en especial me hacía sentir tan princesa, y se lo agradezco infinitamente, seguro que sabe lo mucho que trascendió en nuestras vidas. Cuando ya no estuvo mi padre, fue mamá que le toco la parte más dura y la magia termino, lo encomiable es que se quedo al pie del cañón como se dice, y nunca titubeo ni le tuvo miedo a la adversidad, se volvió papa y mama. Pero siempre hay angelitos que Dios nos pone en el camino, mi padrino querido se preocupo por llevarme a pasear a los sitios que para mi eran lo mejor del mundo, hubo Chifas que tenias su lago artificial con puente y todo, habían tardes de helados en el D’Onofrio de Miraflores, o tal vez cine o una obra de teatro, entonces se esmeraba y ese día yo, por unas horas, volvía a ser una princesa. Cuanto te lo agradezco padrino Pepe, que teniendo tus princesas y siendo un hombre tan ocupado, dedicabas unas horas al mes para mí. De allí mi gusto por el verano intenso, por disfrutar del agua y el sol sin mayor preocupación, pasear en carro solo por el gusto del verano, y que todo sea tan lindo y bonito para la que ahora es mi princesa y disfruta tal cual de un buen verano y un helado invierno.

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